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Qué nos deja el transporte público por la noche

El tren eléctrico es quizás la ruta que más he tomado en la vida. No voy a desestimar al 636 que se iba y regresaba en diferentes etapas de lo que he vivido hasta ahora. Pero, dándole el plus de que es hasta cierto punto más seguro, me gusta más tomar el tren por la noche.
Es diferente la atmósfera que se puede sentir. En un instante las personas comienzan a acumularse en el andén, todo es conversaciones de fondo, risas, miradas que buscan lo que sea en el túnel, luces de pantallas de celular, otros leyendo libros... En fin, un conjunto de actividades que forma una pequeña sociedad.
En el vagón suelo pensar en que hay muchas cosas pasando por la mente de cada una de esas personas. Algunas serán tonterías, otras algo importante. Son escenografía que acompaña mi trayecto y del mismo modo, yo soy la escenografía para cada uno de ellos. 
Hablando del tren en general, lleva una carga de gente a través del túnel y luego de unos segundos, las vías quedan solas. Es extraño pensar en cómo la existencia de las personas se transporta de un lado a otro, mientras esas vías y esas piedras permanecen en el mismo sitio. 
Pasan los días, las horas, y siguen ahí, sin esperar nada. Las que están dentro sólo reciben tenue luz artificial y las que se encuentran justo a la salida, sí cuentan con la alternancia del sol. De hecho podría imaginarme uno de esos videos Time Lapse, y la misma roca apuntando a donde mismo, quitándole sentido a lo que es un día y lo que significa para nosotros.
Vayamos de regreso con la gente: al bajar del vagón, sucede lo mismo que a la espera. Todos los sonidos de acompañamiento, pero mucha menos gente que la que ronda por las tardes. El viento corre distinto, me gusta que choque en mi rostro. Recorrer el andén hacia la salida es una experiencia que te invita a reflexionar y a mí en específico me gusta escuchar cómo llega la calma. Algunos coches recorriendo la avenida y luego nada. Sólo las luces del alumbrado público y de repente mi calzado atorándose en el concreto.
Mientras, el tren se aleja y el resto de personas en el vagón dejan de ser parte de mi escenario y viceversa. Quizás las vuelva a ver, quizás no. Como un conjunto sólo son "la gente". Imposible sería recordar la cara de cada uno, la individualidad.
¿Qué otra cosa nos deja? En su mayoría, la clase trabajadora volviendo a casa para irse a dormir en un rato e interrumpir las pocas o mínimas esperanzas o sueños que tengan por cumplir. Se avecina el día siguiente y de nuevo al ajetreo matinal: a consumir estrés y seguir en esta obra de la vida. Algunos por sí mismos  y otros haciéndolo por la familia (mal o bien planeada) que tienen que sacar adelante.
Para ello también me di tiempo y escribí algo de poesía:

Andanzas de Andén
Mundos mirados
aire agotado.
Auroras cansadas
y el frío en las nubes.

Postes de luz
que nada esperan;
pasos lejanos
en banquetas con grietas.

Grabaciones de campanillas
y crecen las vibraciones.
Aparece el largo rojo
con maniquíes al interior.

Algunas chispas
que no son de vida
más un silbido, en las vías,
de un freno inoportuno.

Se abre el umbral
que arroja gente al azar;
miradas perdidas en todos lados
y un anden que recuerda existir.

Desfile y calzado
de pocos colores.
Filas que nadie ordena
esperando el siguiente paso.

El tren se ha alejado;
los cuerpos se han separado.
Y el pequeño desorden de ruido
otra vez trae la soledad.

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